Los que todavía no habíamos nacido, es decir, los que somos hijos de la democracia, vimos el martes como una infinidad de personas condenaba a un viejo canoso, de rasgos duros, que casi sin chistar y sólo apelando a una supuesta redención de su Dios, bajo la cabeza ante el fallo.
Los que todavía no habíamos nacido, o bien aquellos que en los años oscuros eran apenas unos niños, fuimos testigo –como lo fuimos en el juicio contra Etchcolatz – de un ritual extraño para nosotros. Los que por nuestra corta edad no fuimos los testigos de una época, hace unos días fuimos espectadores extraordinarios, distintos y únicos de ese juicio.
El martes llovió en
El Palacio de Justicia está ubicado en el centro de la ciudad. Hace meses, cuando empezó el juicio, la policía montó un cercado para nada discreto alrededor del edificio. Por aquellos días, las rejas se tapizaban con algunas banderas rojas con detalles amarillos y algunas personas montaban guardia en la puerta a fuerza de abrigo y pan. Pero con el correr del tiempo aparecieron cada vez más caras, más personas, más dolor.
Acercarse el martes pasado a la interjección de las calles 8 y 50 no era una tarea sencilla. Una muchedumbre se estacionó frente al edificio que alguna vez supo ser el coqueto Hotel Provincial. Flameaban banderas, sonaban redoblantes y se oían distintas canciones. En las calles aledañas habían camiones con antenas en el techo, periodistas, fotógrafos y cables por todo el piso. Y en la puerta lateral, junto al policía, un televisor de
En la esquina de en frente hay un Mc Donalds, en cuya vereda suelen reunirse algunos de los que aún no habían nacido. Pero con toda esa gente no pudieron encontrarse y entonces se fueron a sus casas. Y encontraron que sus padres miraban la televisión con una atención a la que no estaban acostumbrados.
Casi en cadena nacional -y con un rating capaz de provocar la envidia del gurú de
El hombre que hablaba no expuso los fundamentos, dijo que eso lo haría en noviembre. En cambio, durante diez minutos leyó un papel en el que se encontraba al acusado culpable de participe necesario y coautor de una larga listas de crímenes.
Finalmente el pronunciamiento de una palabra poco usual pero alguna vez escuchada por los que aún no habían nacido provocó la alegría y el llanto de los presentes en la sala: genocidio. Probablemente la palabra haya rebotado por la cabeza de los jóvenes sin fortuna, con la certeza de haberla oído en cierta oportunidad, de saber que es algo importante, delicado y ligado al pasado, pero sin saber su significado concreto.
En las afueras del suntuoso Palacio la multitud festejó con pasión. Emocionadas, unas señoras con ridículo pañuelo blanco en la cabeza se abrazaron en un sollozo interminable. Un grupo de jóvenes con barba quemaron un muñeco. Y la incertidumbre de los que todavía no habían nacido se profundizó.
Alguno de los que no habían nacido habrá pensado: ¿por qué lloran? ¿quién era ese cura? ¿y las abuelas del pañuelo? ¿quiénes son los buenos y quiénes los malos? Y ¿qué era el genocidio?... otro habrá observado estupefacto a sus progenitores: ¡hace cuánto que papá y mamá no se abrazan!
Un reportero de aspecto pulcro y barba prolija se acercó a una abuela y le hizo una pregunta poco afortunada: ¿está contenta? La señora se secó las lágrimas y no sin congoja le respondió que la palabra no era correcta y que hubiera preferido no tener que alegrarse por eso. “Pero, dentro de todo el dolor, esto se puede contar como una victoria”.
En alguna casa de clase media de la ciudad un chico de 16 años con celular y peinado extraño, cansado de no entender lo que pasa, distrajo la atención de su padre:
- Pá. ¿Quién es ese Bonuernich?
- Un cura, un sacerdote que antes trabajaba para
- ¿Y qué era el genocidio?- retrucó el muchacho, que no se animó a preguntar algo más básico por el temor de parecer un ignorante.
-Después te explico, dejame escuchar.
En la tele la multitud saltaba, lloraba, gritaba, cantaba. Ahora / ahora/ resulta indispensable/ aparición con vida y castigo a los culpables. El chico no aguantó más que unos pocos minutos sin interrumpir.
-Pá ¿Quién ganó?-
- ¿A vos qué te enseñan en la escuela?
Resulta bastante asombroso que a los que aún no habíamos nacido- pero leemos los diarios y un par de libros- se nos haya puesto la piel de gallina. Que un escalofrío eléctrico nos haya recorrido el cuerpo. Que la pronunciación final de genocidio funcione como una cachetada, como un balde de agua helada.
Y también entendamos que a los que todavía no habían nacido se les puede criticar muchas cosas, pero no se los puede tildar de ignorantes sin ser autocríticos. Porque los padres son los que repiten en la mesa que los políticos son unos sinvergüenzas, que la justicia en este país no existe, que en la escuela no te enseñan nada, y rara vez se detienen a explicar lo que los hijos necesitan o quieren saber.